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[Fic] [Pasado] La historia del Bisturí

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[Fic] [Pasado] La historia del Bisturí

Mensaje por Iohn Kajiya el Sáb Sep 16, 2017 9:04 am

Hacía ya unos meses que pensaba en abandonar mi isla natal. Había superado a todos los miembros de la academia Byakko, donde me había formado. Mis conocimientos de medicina excedían los de mi padre, quien, a causa de su corazón roto había abandonado poco a poco su pasión por el estudio, el auténtico placer de mi madre. Hacía años que ni siquiera era capaz de mencionarla alrededor de mi padre, pues, tan solo escuchar su nombre, podía ver en sus ojos como su alma se partía de nuevo, como si la perdiera una vez más. Mi padre siempre había sido un hombre fuerte, de honor, nadie en la isla lo podía negar. Cuando entraba en una habitación, su sola presencia parecía llenar el lugar. Pero en los últimos años no era así, se le veía débil, casi enfermizo. Esa era la única razón por la que posponía mi partida: no podía abandonar a mi padre y romperle el corazón una vez más, porque dudaba que sobreviviera a una cosa así.
Así que ocupaba mis días como había estado haciendo desde que era un niño: por la mañana salía a dar una vuelta por el pueblo, compraba algo de comida, revisaba un par de pacientes y volvía a casa. Allí me escondía en el bosque cercano, y con un bakko entrenaba durante horas. Cuando mi padre se levantaba y comía algo, yo ya me había dado un baño en la charca y me había vestido con ropa limpia. Entonces le acompañaba a hacer un par de visitas y volvíamos a casa, donde yo seguía entrenando mientras él descansaba. Algún día aprovechaba para acercarme a la academia, donde ayudaba al viejo maestro Ken Furui a dar alguna clase, o me batía en duelo contra los estudiantes lo bastante locos para retarme. Agradecía la calma de mis días, pero la monotonía, el ver a mi padre desaparecer día a día, me hacía sentir atrapado, enjaulado.
Así que un día que mi padre parecía estar especialmente animado le dije que me iba a acercar a Loguetown a por suministros. No era una mentira totalmente, pues realmente estábamos bajos de medicinas, pero lo único que quería era cambiar de ambiente ni que fuera un día. Al ver que él no se oponía y que se preparaba para hacer una visita, me acerqué rápidamente a la playa donde teníamos la barcaza y me puse rumbo a Loguetown. Tenía especial suerte de que la ciudad se viera desde nuestra costa, porque si no fuera el caso, me perdería cada vez que me embarcaba.
Al llegar al puerto, algunos “flashes” del ataque me vinieron a la mente, pero por suerte, hacía años que estos no me afectaban. De más pequeño, la primera vez que volví a pisar ese puerto después de que mi madre falleciera, me puse a gritar y llorar nada más pisar el embarcadero. Nos tuvimos que volver a casa, y aun dentro de la misma, yo tiritaba. Pero ya no era ese niño, y pese a que ese trauma me perseguiría el resto de mi vida, había conseguido sobreponerme a él, conseguir fuerzas de esa experiencia. Por lo que cuando entré a la ciudad, lo único que los transeúntes vieron fue a un chico joven vestido de forma algo estrafalaria que miraba al cielo, distraído.
Me adentré a través de la avenida principal llevado por mis pies, los cuales conocían la ruta pues la habían hecho cientos de veces, mientras yo miraba a la gente que andaba por allí. Si algo tenía Loguetown es que atraía a gente de todos sitios, de todos los mares, incluso de Grand Line. Allí había visto a mi primer tritón y a mi primera ningyo, hasta había visto un par de personas de la Isla del Cielo. Era algo increíble, esa ciudad. Sin embargo, aquello que llamaba mi atención más a menudo eran las espadas. La gente andaba por la ciudad con ellas, había decenas de tiendas que las vendían y yo me maravillaba con su aspecto. Las mujeres también solían ser una fuente de distracción constante, especialmente una.
La había visto por primera vez cerca de la farmacia donde me hacía con los suministros, andando por la calle como si levitara, sus pies danzaban y parecía no tocar el suelo. Vestida con un sencillo vestido de color limón, andaba de la mano de un hombre de aspecto adinerado, con ropajes de colores estridentes y miles de adornos. La sonrisa de ella, pero, fue capaz de atraer mi atención con facilidad. Sencilla, casi disimulada, como si se la estuviera robando. Su pelo pelirrojo se mecía mientras giraba su cabeza hacia ese hombre. Esa imagen se quedó conmigo hasta que volví a la ciudad, y la vi otra vez.
La segunda vez que la vi iba acompañada por otro hombre, esta vez vestido con un elegante uniforme de la Marina. Ella iba vestida con un vestido azul, algo más ceñido que el primero, pero igual de sencillo. Sin embargo, su elegancia natural me embelesaba. Sus ojos, verdes como la pradera en primavera, me miraron esta vez. Al cruzarse con los míos, mi corazón saltó. En ese sencillo instante, había visto una profunda tristeza en sus ojos. Aunque todo su ser pareciera gritar de alegría, sus pasos, la forma de mover los brazos mientras contaba una historia, sus ojos mostraban una enorme tristeza.
Así que, aunque había ido a la isla un par de veces desde entonces sin habérmela encontrado, aún tenía la esperanza de que, al girar en un callejón, la vería de nuevo. Pero no fue así. Llegué hasta la tienda sin haberla visto y salí de la misma sin que se cruzara en mi camino. Cuando me adentré en la avenida principal de nuevo, un grito me sobresaltó. En la taberna que había cerca se escuchó un estruendo y la gente empezó a salir corriendo por la puerta. Instantes después, se escuchó un disparo y un hombre salió flechado de la taberna estirando por la mano a una chica de pelo pelirrojo. Una sola lágrima caía por la mejilla de esa mujer, pero fue suficiente para que la furia me cegara.
Salí corriendo como un poseso detrás de ambos, sin saber que hacer una vez los alcanzara. A su vez, unos cuantos marines salieron de la taberna y empezaron la persecución. No era capaz de prestar atención a lo que decían, yo solo podía pensar en correr un poco más. Acercarme un poco más. Cuando el hombre estaba a unos pocos pasos de mí, y yo prácticamente podía alcanzar la mano de esa chica, la cual alzaba desesperada de que yo u otra persona pudiera agarrar, se metió en una tienda. Antes de que pudiera cerrar la puerta, pero, fui capaz de escabullirme y meterme dentro.
Estábamos en una especie de herrería, pero parecía medio abandonada pues no había prácticamente nada expuesto. Por primera vez me pude fijar en el hombre que retenía a la chica: era el hombre de ropas estrafalarias con el que la había visto la primera vez. Su ropa estaba raída y los adornos de oro y plata que llevaba la última vez habían desaparecido. Su arma, la cual apuntaba hacía mi con los ojos inyectados en sangre, temblaba en sus manos. Ella, asustada, estaba sentada en el suelo, agarrándose las rodillas mientras trataba de esconderse tras una especie de barrica.
Antes de poder hablar, el hombre pulsó el gatillo del arma, pero ésta no funcionó. A este día aun desconozco si falló o es que no tenía balas, pero recuerdo lo que pasó a continuación. Soltó el arma y mientras gritaba se abalanzó sobre mí mientras agarraba una maza de entre los escombros. Yo, gracias a mi entrenamiento conseguí evitar fácilmente el golpe, y el siguiente también. Entré en una especie de trance donde podía leer los golpes que iba a lanzar con una facilidad pasmosa. Jamás había experimentado tal sensación, en ninguno de los cientos de combates de la escuela. Cuando vi claro que no iba a parar, agarré lo primero que encontré para defenderme. Tan solo agarrarlo, sentí que aquel objeto se sentía natural, como una extensión de mi brazo. Al siguiente movimiento de mi oponente, hice un movimiento rápido y me puse a su espalda, medio agazapado. Antes de que él supiera que estaba ocurriendo, giré sobre mí mismo y le golpeé en la rodilla con ese objeto, con la fuerza y la velocidad para poder romperle los ligamientos de la misma. Lo que no había observado, era que ese objeto era una espada sin guarda, un arma mango aún, lo cual le confería el aspecto de un bisturí. Era la primera vez que usaba una katana real, por lo que no sabía la verdadera naturaleza de mi fuerza. El golpe que ejercí seccionó la pierna a mi oponente, el cual se derrumbó entre alaridos de dolor.
Cuando los marines entraron, me encontraron a mí abrazando a la chica mientras el tipo se retorcía de dolor. Me comentaron que había disparado a un oficial, por celos, pues al arruinarse la joven le había abandonado y se había ido con el Marine. Mientras escuchaba esta historia, acompañaron a la joven fuera de la tienda, donde se lanzó a los brazos del soldado herido.
En mi mano aún llevaba la espada que había usado para defenderme, sin mango ni protección. Cuando los marines me dejaron ir, lo primero que hice fue pasar por la primera tienda de espadas que me encontré para ponerle una empuñadura. Recuerdo pensar que la veía extraña con la guarda, así que le pedí al vendedor que la sacara. Y así obtuve mi primera espada, Idaina Mesu.
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Re: [Fic] [Pasado] La historia del Bisturí

Mensaje por Matthias Lehner el Sáb Sep 16, 2017 9:21 am


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